El proyecto de los Quito-Cables no es sólo una solución a los problemas de movilidad, sino un dispositivo de reflexividad sobre la proyección de ciudad, sobre las expectativas que la ciudad realiza hacia el futuro. La línea que conecta a los barrios Roldós y Pisulí, al noroccidente de la ciudad, con la estación del Metrobus en la Ofelia, ha puesto de manifiesto una tensión latente entre la urbanización amurallada del Condado, con estos barrios populares, cuyos orígenes sociales nos remiten al proceso de invasión y lucha por la tierra y la vivienda de los ochenta y noventa del siglo pasado. La separación entre el Condado y la Roldós-Pisulí es de naturaleza social y física: un muro cerca la urbanización del Condado y los separa de los barrios populares que están al otro lado de la quebrada.

La conformación de la urbanización del Condado y de los barrios Roldós y Pisulí es parte de la historia de la ciudad lineal; para la ciudad en su conjunto, el modelo lineal significó la instauración de la diferencia entre el norte moderno y de clases medias, frente al sur tradicional y de clases obreras. Esta linea de tendencia se alteró cuando en la ‘búsqueda del norte’, los habitantes de la nueva urbanización se encontraron con asentamientos poblacionales ya preexistentes que se configuraban como barrios, la Roldós y la Pisulí; una extraña confluencia que fue zanjada con la construcción de una muralla o cerco que los separaban.

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Proyección trazado de Quito Cables en la estación La Ofelia. Foto: Escuela Politécnica Nacional / Colegio de Ingenieros Mecánicos de Pichincha

El modelo de la ciudad lineal, suponía una clara delimitación socioterritorial; los sectores pudientes de clases medias emergentes comprometidos con el imaginario de la modernidad, hacia el norte; mientras las zonas mas accesibles de menor rentabilidad para el capital inmobiliario al sur, acogían a las urbanizaciones obreras y populares. Esta dicotomía se vió alterada cuando el encuentro de la ruta hacia el norte topó con algo preexistente y que en la lógica de la teoria urbana se denomina como fenómeno de conurbación; una primera señal del paso desde la lógica de la ciudad lineal al de la ciudad dispersa; ahora la figura de la dispersión es la de la confluencia de diversidades que configuran el nuevo desarrollo urbano de la ciudad. De ser invasiones en el pasado y urbnizaciones cerradas después, pasan unos y otros a configurarse como barrios de la ciudad. Pisulli y Roldós que viven en los cerros del noroccidente de la ciudad, al otro lado de la quebrada del Condado y el nuevo QuitoTenis; poblaciones que cotidianamente se desplazan hacia las múltiples centralidades de la ciudad, utilizando en el un caso el automovil privado, en el otro, un servicio de transporte masivo y saturado.


Si en el modelo de ciudad lineal el nudo crítico para cada habitante es encontrar su lugar para habitar, en la ciudad dispersa el nudo crítico es la manera en la que ese habitante se desplaza por la ciudad para habitarla de distintos modos: trabajo, recreación, servicios sociales, descanso, abastecimiento de provisiones, alimentación. La densidad poblacional es desplazada por la movilidad como nudo crítico. Es en este contexto que el proyecto de los Quito-Cables adquiere pleno sentido como una innovación tecnológica en el tratamiento de la movilidad propio de la ciudad dispersa, pero también como un dispositivo de reflexividad que obliga a los actores a posicionarse y hacer manifiesto su sentido y proyección de ciudad, como punto de partida para el diálogo y la deliberación pública de los asuntos colectivos.

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Foto: Proyección Ruta Quito Cables Escuela Politécnica Nacional / Colegio de Ingenieros Mecánicos de Pichincha

La línea de los Quito-Cables Roldós-Pisulí ha puesto en movimiento a un actor que no se pronunciaba sino desde la indiferencia al espacio público que le brinda el amurallamiento de su urbanización. Su pronunciamiento es una exigencia a la administración municipal para que rectifique lo que se considera erróneo, un despilfarro de fondos públicos. Según Lothar Ranft, uno de los voceros de la urbanización, el proyecto no es “viable” ya que únicamente lo utilizaría un aproximado de 2.000 personas de los barrios altos por lo que “si se beneficia a tan pocas personas no es factible su construcción, además de que se demorarán en viajar un tiempo similar al actual”. (El Comercio, 13 de mayo del 2016) Este argumento es ratificado, cerca de un mes después, por el presidente de la urbanización El Condado, quien afirmó en un espacio de opinión pública, que su oposición al proyecto se basa en que existen soluciones más económicas para resolver los problemas de movilidad en esa zona. (El Comercio, 2 de junio del 2016). Y finalmente fue presentado en el amparo de protección por un morador de El Condado, en contra del proyecto Quito Cables, el cual fue desestimado por la Corte Constitucional (El Comercio, 15 de junio del 2016). Según la abogada del demandante, el recurso se basa en que no se debe gastar 44 USD millones en un proyecto que no estaría sustentado en estudios técnicos, lo que constituiría un “despilfarro”; además se expresó que se han vulnerado derechos de acceso a la información, a la participación ciudadana y que el proyecto no ha sido socializado en asambleas.

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Foto: Proyección Estación Quito Cables Escuela Politécnica Nacional / Colegio de Ingenieros Mecánicos de Pichincha

La respuesta del Municipio, actor promotor del proyecto Quito-Cables, es diametralmente opuesta en el discurso y en las acciones. El Secretario de Movilidad, uno de los gestores institucionales por parte del Municipio, voz oficial, institucional y técnica, manifestó que los datos sobre los beneficios del proyecto pintan otro cuadro diametralmente opuesto al presentado por la Urbanización El Condado: a través de los Quitocables se beneficiará a 200 000 personas que ahora sufren por falta de transporte eficiente. Los treinta buses que en la actualidad sirven en Pisulí bajan demasiado llenos y a ello se suma que demoran una hora y media desde la Pisulí o desde La Roldós hasta La Ofelia, por lo que este proyecto piensa en la gente que no tiene recursos y no “solo en 25 personas que temen por su privacidad”. (El Comercio, 6 de junio del 2016).

También la gestión político-social sigue otra orientación. Del lado de los moradores de la Roldós y la Pisulí, y otros barrios noroccidentales, el diálogo con las autoridades y funcionarios municipales ha sido constante y ha significado precisiones y ajustes en un proceso de retroalimentación entre la sociedad civil de los barrios de la Roldós y la Pisulí y la institucionalidad municipal: “Los diálogos entre los moradores y las autoridades por el tema del proyecto del Quito Cable continúan. Ellos se preparan para un quinto encuentro en la Administración La Delicia. (La Hora, 14 de junio del 2016)

Los moradores de la Urbanización del Condado no cuestionan en su totalidad al proyecto Quito-Cables, sino a la línea Roldos-Pisulí, a la alteración de las condiciones en las que las murallas ya no pueden sustraerlos de los nudos críticos que caracterizan a la ciudad dispersa: la movilidad sustentable y sostenible. Si bien su argumento público es la rentabilidad económica y la eficiencia funcional del proyecto en ese sector, por sus acciones y los contraargumentos presentados por el Municipio, se puede intuir que su cuestionamiento no es a la funcionalidad social del proyecto, sino a la modificación de sus condiciones de privacidad y amurallamiento, lo que en el fondo significa la ruptura del modelo propio de la ciudad lineal. La actual configuración de la ciudad exige una mirada más allá de los muros que nos permita reconocernos y trabajar en conjunto en la solución de los nudos críticos de una ciudad dispersa que se construye en sus múltiples centralidades, abiertas y no clausuradas en sí mismas.